Viajes

Pesadilla antes de Navidad

Desde el minuto cero, nuestra estancia en Grecia apuntaba maneras.

Belen-de-juguete
Feliz Navidad

Ese aire de sobrados y experimentados nos lo han barrido de un plumazo.

El fantasma de las Navidades pasadas vino para recordarnos el valor de la anticipación. Precisamente por eso, llegamos con las maletas cargadas de jamón ibérico, turrones y polvorones. No sea que nos diese por repetir el menú del año pasado y cenar un yogur en Nochevieja. No digo un yogur por decir algo, digo un yogur por entrante, principal y postre… y por sidra y uvas.

El fantasma de las Navidades presentes ha llegado para enseñarnos aún más cosas. Nuestra capacidad de adaptación e improvisación ha evolucionado hasta un nivel superior.

No, no ha sido gracias a la pandemia que azota el mundo, a las cuarentenas, los test PCR y las mascarillas. Tampoco gracias al estado de alarma que se decretó a los dos días de nuestra llegada, el mismo que ha arruinado nuestros planes de turismo cultural o gastronómico.

Todo se lo debemos al agujero al que fuimos a parar.

Hasta el momento, siempre que organizábamos una viaje de este tipo, hacíamos algo así como un casting entre los posibles hogares temporales. Desde la pagina de Airbnb, mandábamos mensajes a los anfitriones más resultones, presentándonos y explicando nuestra situación. Puesto que son estancias de larga duración, hacíamos una lista de nuestras necesidades para asegurarnos de que no tendríamos ningún tipo de problema y elegíamos el que más nos gustaba. Fácil y eficaz.

Esta vez no.

Con la cabeza en mil sitios y bastante incertidumbre sobre el viaje, reservamos a última hora, sin tanta ceremonia y con muy mal tino.

Esa reserva fue el pistoletazo de salida de 41 días, con sus 41 noches siendo protagonistas de nuestra propia serie de catastróficas desdichas.

Nada más entrar en el apartamento podías notar la humedad del ambiente. No la humedad de Alejandrópolis. La humedad de ese chamizo con microclima propio.

Obviando nimiedades como que la habitación era tan pequeña que no podías abrir el armario porque golpeaba contra la cama o que para hacer la cama tenias que arrastrarla de una pared a otra y saltar por encima.

Dormitorio-muy-pequeño
La foto está sacada del house tour que le hice a mi hermana

Nuestra pequeña pocilguita estaba tan sucia que fuimos pitando a comprar guantes, bayetas, estropajos, lejía, detergentes varios y mientras deshacíamos nuestro equipaje, limpiábamos y fregábamos todo lo que pillábamos.

Dos días después, nuestra atenta anfitriona y propietaria del edificio entero, con sus seis apartamentos, vino a preguntar si estaba todo bien. Aproveché para comentarle que las esquinas del salón se estaban llenando de moho y había tanta humedad que una estaba goteando.

Humedades-en-el-salon

Me dijo que tres días más tarde iría a solucionar esos incidentes pero que, para dejar de causarle esas humedades: bajásemos la temperatura, mantuviésemos las ventanas abiertas todo el tiempo posible, abriésemos el conducto de ventilación del baño, nos diésemos duchas cortas, no secásemos nada en el radiador…

La solución del problema pasó por una capita de pintura sobre el moho, secar la gotera con papel de cocina y el secador de pelo y otro poquito de pintura. Pero sobre todo por recordarme que estaba en mi mano evitar esa molesta situación…

Evidentemente la pintura no evitó que el moho reapareciese un día más tarde y pasar frío no evitó que la gotera del techo siguiese mojando el salón.

En esos días avistamos alguna cucaracha esporádica, tuvimos cortes de luz de varias horas, (otro de los inquilinos se quedó atascado en el ascensor) y dejó de funcionar el wifi.

Tras comunicárselo a nuestra solícita anfitriona y ante la creciente lista de incidencias, nos dió dos horas para hacer las maletas… nos iba a reubicar en otro de sus seis apartamentos.

Tuvimos que hacer las maletas precipitadamente y empezar de cero en una planta inferior.

Este piso no tenía moho, pero estaba igual de sucio que el anterior. Una vez más combinamos la limpieza con deshacer nuestros equipajes.

La primera noche nos visitaron dos cucarachas, la calefacción y la televisión no funcionaban.

A lo largo de los días siguientes se fueron combinando sucesiones de cucarachas, días sin agua corriente, días sin agua caliente, apagones, una lavadora que no centrifugaba la ropa, una plancha que hacía contacto cuando la enchufabas…

Entre nuestra ropa empapada y arrugada, nuestras trampas caseras para cucharachas y nuestras duchas de agua fría, también tuvimos nuestros ratos de gloria. Llegó al Lidl una pequeña colección navideña y arrasamos con ella. Plantamos en mitad de nuestro minúsculo salón un árbol de Navidad y le dimos un aire festivo a esa ratonera.

Que no se me olvide mencionar que todos estos incidentes aparentemente los causábamos nosotros, incluida la rotura de una tubería. Y que a cada incidente que notificábamos le sucedían unas amables recomendaciones…

Para apaciguar mis ánimos, a mi marido se le olvidó comentar que seguía matando cucarachas casi a diario.

Y así se sucedieron los días hasta la noche 41.

La noche en que mientras nuestro hijo dormía y nosotros veíamos una película, empezamos a oír ruidos en el marco de la puerta de nuestro cuarto.

Mi marido se levantó y salió al salón. Volvió casi tres horas después para decirme que nos íbamos.

Esas tres horas las había pasado matando cucarachas…

Había visto como dos de ellas se escondían en el marco de la puerta del baño. Le dió por fumigarlo y voilá, corriendo por la pared en todas direcciones salieron más de veinte cucarachas. Y zapatilla en mano trató de darles caza.

No fumigó el marco de la habitación porque estábamos dentro, pero la pequeña muestra del baño fué el empujón que necesitaba para decidir que en ese nido de cucarachas no pasábamos una noche más.

A las tres de la mañana le estábamos mandando un mensaje a Airbnb para informarles de todas las incidencias que habíamos padecido esos 41 días. Incidencias que en su mayoría habíamos hablado con la propietaria a través del chat de la propia página, y que pudieron contrastar. Adjuntamos las fotos de las humedades del primer piso y del cementerio de cucarachas del segundo. Dejando claro que viajábamos con un bebé y no podíamos seguir en esas condiciones.

Estábamos resueltos a hacer las maletas e irnos. Así que a la mañana siguiente nos levantamos temprano, si es que llegamos a pegar ojo, y nos pusimos una vez más a hacer maletas.

Airbnb debió comentarle algo a nuestra anfitriona de las cucarachas, porque nos envió un mensaje comentando que nunca había tenido ese tipo de problemas. Lo cual le llevaba a pensar que no era problema del higiene general de su edificio, sino del uso diario que hacíamos nosotros de nuestro piso y nos pedía que tirásemos la basura todos los días.

Plaga-de-cucarachas

Ese fue su último intento desesperado de culparnos a nosotros por ser la propietaria de un edificio al que nunca se le debió conceder la cédula de habitabilidad.

Se presentó mientras hacíamos las maletas y seguíamos matando algún bichejo despistado. Cuando vió la magnitud de su plaga, nos pidió que no mencionásemos eso en nuestros comentarios, que si la gente lo leía dejaría de alojarse con ella. Un amor de mujer.

De la gestión que hizo Airbnb no tenemos una pega.

Esa misma tarde deshacíamos nuestras maletas por tercera y última vez en Grecia.

Los próximos 47 días los disfrutaremos en la cabaña más idílica y navideña que hemos podido encontrar.

Cabaña-navideña
Salón-con-decoración-navideña

4 comentarios sobre “Pesadilla antes de Navidad

  1. Espero que sea vuestra última mudanza en Grecia y que paséis unas muy felices Navidades.
    Muy simpática la descripción de una situación “trágica”
    Espero con ansiedad nuevas recetas cuando las circunstancias lo permitan

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